[12/52] We Are Never Ever Getting Back Together

La expectativa irreal estuvo ahí, impresa en la mente de mi generación por años: que tus padres divorciados se reconcilien. La tele y las pelis reforzaban esa idea hasta el hartazgo. Yo también lo desee, pero no por mucho. Tenía 5 años cuando mi mamá agarró nuestras cosas y nos fuimos unos días de «vacaciones» a casa de mi abuelita. Unas muy raras, porque iba a la escuela de todos modos. Los papeles de divorcio se firmaron cerca de mis 8 años y mi adopción a los 10. Tres años después, cuando vi «Juego de Gemelas» con mis padres adoptivos, tenía muy claro que mis progenitores jamás iban a juntarse de nuevo. Al menos no como pareja.

Existen, cuando menos, tres versiones de la separación y posterior divorcio de mis padres: la de papá, la de mamá y la mía. La familia cercana puede tener otras, aunque creo que las que más pesan son las nuestras: las de los directamente afectados.

Nuestros recuerdos en conjunto funcionan así la mayoría de las veces:

· Cosas que yo recuerdo (o eso creo) y ellos no.

· Cosas que sólo uno de ellos y yo recordamos, pero el otro no.

· Cosas que ellos recuerdan y yo no.

· Cosas que papá y mamá recuerdan de forma opuesta.

· Cosas que todos los involucrados recordamos por como nos hicieron sentir, con algo de licencias creativas.

· Cosas malas que ya olvidamos (o, por lo menos, bloqueamos de nuestra memoria).

· Cosas buenas que papá y mamá recuerdan mejor, endulzadas con nostalgia.

· Cosas que nos parecían enormes y terribles, pero ahora nos hacen reír.

· Recordatorios de tics, frases o costumbres que se pegaron el uno al otro durante su breve matrimonio.

Luego de años de terapia y trabajo de todas las partes implicadas, encontramos nuestra forma de perdonar. De volver a funcionar como familia. Una en la que mamá tiene charlas cordiales con mi madrastra, una hermana me pregunta por la otra y yo puedo explicar que tengo padres biológicos y adoptivos en donde me sea necesario.

Cuando no tengo un tobillo que se rompió, pegó y fue quirúrgicamente mejorado, me relaciono con mis papás biológicos como adulta independiente. El accidente me ha dado una nueva perspectiva de mis padres, vuelvo a ser la niña que los necesita. Ahora, convaleciente, cansada y con altibajos de depre-ansiedad necesito mucha labor de cuidados. Dejarme cuidar me cuesta mucho. En parte porque una buena década de ser una mujer que vive sola me acostumbró a valerme por mí misma como la única opción. También porque siempre me da mucha pena pedir ayuda; sólo recurro a mis amigues cuando es inminente que no puedo sola. Con todo y todo, me sigue dando penita pedir ayuda. Llevo tantos años trabajando por ser «funcional» pese a mis problemas psicológicos que la disciplina se volvió un arma de doble filo: me hace perseverar al tiempo que me trato con demasiada dureza.

El cariño de papá y mamá es suave: Se turnan para venir a cuidarme, se quedan de ver en CDMX para platicar y hacer el cambio de llaves, me cocinan cosas diferentes mientras relatan sus versiones del pasado. No somos la familia «tradicional» que tanto defienden esas pelis de reconciliaciones, pero somos una familia real y no querría que fuera de ninguna otra forma.

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Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.

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Edna Montes

Edna Montes

Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.