[8/52] These Boots Are Made for Walkin’

Soñé que llevaba puestas mis botitas ortopédicas. Daba un paso tembloroso con la pierna derecha cuando entendía que llevaba la bota equivocada. Me angustiaba dar otro paso sin la Walker, la de la fractura. El horror de sentir mi peso desplomarse sobre mí de nuevo, escuchar el maldito POP que a veces reaparece a modo de alucinación auditiva en los momentos más inoportunos de mi día. Desperté como el vampiro Ernest.

De niña correr, jugar y hacer lo que hacían los niños de mi edad me costaba. En parte porque tardaron en diagnosticarme el asma, pero también porque tenía pie plano. Mis padres adoptivos se dieron cuenta cuando me llevaron a un examen médico que les pedían para inscribirme a un curso de verano. Después de eso llegaron las botitas ortopédicas y los ejercicios: tandas diarias de caminar con la punta, en talones o con el canto del pie. Usé plantillas el resto de la primaria y me inscribieron a clases de danza porque lo recomendó el médico. Tenía años sin pensar en eso.

Nunca me han gustado los tacones, los uso sólo si me parece que es inevitable para alguna boda, bautizo o similares. Aprendí a desconfiar de las plataformas en la secundaria: varias de mis compañeras se lesionaron los tobillos tratando de emular a las Spice Girls. Pasó tanto que la dirección de la escuela prohibió cualquier calzado con más de tres centímetros de tacón.

Las botas y los tenis siempre han sido mi calzado favorito. De niña, me hacían sentir una persona de «acción» como Indiana Jones. Además, mi amor por las películas de terror (y luego por Doctor Who) me llevó a la conclusión de que usar zapatos con los que puedas pelear o echarte a correr en cualquier momento es lo mejor. Ser mujer en México reforzó esa creencia.

A un mes del accidente, el ruidito del velcro ya es parte de mi rutina cotidiana. Las categorías de mi tracker diario del bullet journal se redujeron a un mínimo y me aferro a los pequeños avances; hacer rutinas de ejercicio sentada o que el tobillo cada vez se hincha menos a lo largo del día. Cuando no tengo pesadillas con la fractura, sueño que camino, bailo o salto. Me pegunto si mis pies sienten nostalgia y les da por hacerme soñar con tiempos mejores.

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Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.

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Edna Montes

Edna Montes

Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.