[9/52] Aprender a pararse

Nunca quise ser bailarina de ballet y siempre adoré «Karate Kid». En algún lugar de mi cabeza, sigue la vocecita del señor Miyagi diciendo «Es una lección para la vida entera, no sólo para el Karate. Cuando toda la vida lleva equilibrio, será mejor» (La articulo así porque, al paso del tiempo, decidí que no quiero perpetuar el inglés roto del personaje. De seguro era super elocuente y brillantísimo en japonés, como diría Sofía Vergara en «Modern family», merece ser recordado así). Luego de varios tipos de danza, años de bullying y una negociación tensa con mis papás adoptivos al fin logré inscribirme a Karate.

La danza y las artes marciales eran mucho más parecidas de lo que creí al principio: necesitan equilibrio y fuerza. El señor Miyagi tenía razón cuando le dijo a Daniel-san que la clave de todo era el equilibrio. En la posición del gato colocas 80% del peso de tu cuerpo en la pierna de apoyo y el 20% restante en la otra. En la de caballo (o jinete) es 50/50. Cuando pateas, debes confiar todo el peso de tu cuerpo a una sola pierna. Nadie tiene un medidor integrado para medir con exactitud qué tanto pones en una pierna u otra, aprendes. Vas desarrollando un nuevo instinto que te indica donde poner la vista, cómo acomodar el cuerpo al girar; lo mismo para una patada que una pirueta.

Aprendí a caminar al año de edad y llevo desde entonces dándolo por sentado. La costumbre del equilibro de la que no fui consciente hasta que tuve que repensarlo aprendiendo Karate. O hasta que se volvió imposible luego de una fractura de peroné. Tengo que poner atención a los dolores de la pierna que apoya, me reclama con algunos calambres como diciendo: «no estoy hecha para trabajar así». La bota para la fractura, según leí en el artículo de un ortopedista, está diseñada para inmovilizar el área afectada al tiempo que alivia la presión al caminar. Dar pasos sin que mi pie se mueva en realidad. Esperar a que el hueso pegue por sí mismo. Pequeños actos de magia del cuerpo que ya no puedo obviar.

«Primero aprende a pararte, luego a volar» esa es otra frase del señor Miyagi. Ahora que no puedo pararme muy bien ni por mucho tiempo, añoro volar. Empecé a correr para engañar al asma, exigirles a mis pulmones que dieran un poco más de sí. Seguí porque me hacía sentir fuerte y segura. En mis fantasías de pequeña había que correr mucho para ser una heroína: como la diosa Macha, las banfénnid o Rihannon. Al correr, hay momentos en los que vuelas un poco: ninguno de tus pies toca el piso. Bajé «volando» las escaleras de mi edificio cuando ocurrió el accidente. No sé si alguna deidad guerrera se le rompieron los huesos o simplemente está reservado para recordarme mi mortalidad. Elijo pensar que, incluso si soy guerrera, no puedo negar la dualidad de mi naturaleza humana: también soy muy frágil y merezco tiempo para sanar, por dentro y fuera.

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Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.

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