[9/52] ¿Como el volcán?

Ya me acostumbré a que la gente cometa todo tipo de atrocidades con mi nombre, aunque en realidad no es tan raro. Una de las pocas cosas que puedo agradecerle a Disney es que gracias a «Los Increíbles» de Pixar la gente agarra la onda cuando les digo que como Edna Moda y me molesta menos con Edna Krabappel de Los Simpson (Aunque más de un gracioso intentó trolearme cuando se puso de moda eso de mandarle inbox a una Edna para repetirle la carta de «Woodrow»). Hay una variante de «la gente entiende mal mi nombre» que me gusta: cuando me preguntan si me llamo «como el volcán».

Papá cuenta que, cuando yo era pequeña, él y mamá escuchaban en las noticias su recámara cuando el locutor dijo algo como «Etna causa problemas otra vez…» Mi versión pequeña respondió a gritos desde la habitación contigua: «YO NO HICE NAAADAAAA». Puede ser que además de que suenan casi igual, me identifiqué con el volcán porque siempre he tenido muy mal genio. De niña, hacía tantos corajes que vomitar bilis ya se me hacía normal. Ni siquiera el horrible té amargo que me hacían tomar después pudo evitar mis estallidos de cólera.

Es gracioso porque la gente a mi alrededor suele pensar que soy muy tranquila. Eso me hermana de nuevo con los volcanes que van acumulando su lava a discreción hasta que un día explotan. Quizá es que un carácter como el mío exige cierta contención que me permita vivir en sociedad (y conmigo misma). Lo he ido domando con fuerza de voluntad y terapia para no perder los estribos. Pienso muchísimo en Jo March y su charla con Marmee en «Mujercitas» porque yo tuve una similar con mi abuela, hace mucho. Mi Abue que suelta groserías a destajo, mienta madres como quien reparte saludos y se encabrona, pero a la vez posee era misma furia contenida que yo. Ella me enseñó que la ira debe ser una herramienta que una domina; así como la de un forjador quien crea espadas. La furia no se niega ni se hace de lado: se vive. Hay que conocerla, desentrañar su origen para comprenderla y volverla el alimento de nuestra forja interna.

En la mitología irlandesa, la diosa Brigid tenía su hogar en el santuario de Kildare. Sus sacerdotisas mantenían ahí un fuego que jamás se apagaba. La diosa era la patrona de los herreros y varios grupos de guerreros se encomendaban a ella. La vieja religión celta consideraba el fuego una herramienta de la creación (no sólo porque eran una cultura belicosa, también porque su desarrollo estuvo muy ligado al descubrimiento y trabajo de los metales), eso implicaba también una concepción de los fuegos internos como una visión de la furia como herramienta: la ira creadora, la ira justa. Me consuela pensar que ese fuego en mis entrañas es mucho más que la concepción patriarcal y plana que siempre se la ha concedido al enojo femenino. Que, de hecho, está más conectada a ese fuego sagrado de Brigid. El nombre no es el mismo, pero creo que mi volcán homófono y yo sí tenemos mucho en común.

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Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.

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Edna Montes

Edna Montes

Escritora, periodista, friki irredenta, adorkable y eterna aprendiz de sommelier con una pluma tan filosa como su espada. Accidente esperando a suceder.